La nefasta intervención de la policía en el carnaval de Barranco ocasionó, entre tantas otras cosas, que la esposa de Daniel San Román tenga un corte en el pie que solo se ha podido cerrar con 10 puntadas.
Por: Daniel San Román
Había escuchado del Carnaval de Barranco y ésta fue la primera vez que fui. Antes de decidirme a ir, hice todo lo que pide el reglamento de la curiosidad: busqué información en Internet, leí notas, vi videos y me aseguré que no fuera un desmadre. Al final la impresión que tuve era que era una celebración similar a la de Caperos en Arequipa y estaba frente a una tradición. Una amiga, que tiene muchos años como vecina barranquina, me dijo que el Carnaval siempre fue famoso y que era una costumbre de antaño que se venía -para bien- revalorizando. Mostro entonces.
Al llegar, un poco más de las 18:00, el carnaval ya estaba desatado. ¿Cuántas personas había? Las suficientes para que uno tuviera que caminar pidiendo permiso. El ambiente era insólitamente cordial. La gente bailaba, unos tambores sonaban al fondo y de rato en rato venía alguien con un poco de pintura o agua y dejaba su marca en uno. Nada complicado, nada que no saliera con un poco de agua.
Los vecinos prestaban los baños a los celebrantes y las señoras miraban desde sus edificios la fiesta. De un momento a otro aparecieron un grupo de policías pero nadie les dio mucha importancia. Estaban una de las calles, al fondo, con sus escudos y sin decir una palabra. Inicialmente les dedicaron un par de cánticos y punto.
Para ser honesto ignoraba totalmente por qué estaban ahí. No había habido peleas y, pese que todo el mundo caminaba descuidado, no escuché ningún rumor de robo. Hoy leo, en varias web, que la celebración no tenía autorización. Curioso, de ser así no entiendo porque tenían que llegar los policías cerca de las diez de la noche cuando todo empezó como a las dos. ¿No habría sido más sencillo que pararán todo temprano cuando la gente estaba menos emocionada, eran menos asistentes y había luz?
Por eso cuando llegaron la gente no le dio importancia. De un momento a otro vimos como comenzaban a sacar a personas del grupo. Capturas sectorizadas. “Estarán siendo faltosos”, pensé. Lo que vino después si rompió toda lógica.
Para los que no conocen la calle Cajamarca de Barranco es bueno que sepan que respeta la arquitectura de las calles de antaño: chica, angosta y sin mucho lugar para correr. Por eso cuando la policía, sin haber dicho nada (prevención, amenaza y sugerencia), soltó las bombas lacrimógenas todo fue un verdadero caos. Primero vino el humo, luego el estallido nefasto de ardor en la cara que termina con las ganas inclementes de llorar y la asfixia que
obliga a respirar tosiendo. La gente tenía botellas en la mano por lo que en el caos atinó a soltarlas para taparse la cara. Todo era un caos. Como era un carnaval la mayoría de personas estaban con sandalias y shorts. Aquella vestimenta en nefasta combinación con el caos y la gran cantidad de botellas rotas que estaban en el suelo -producto de la desesperación de la gente para escapar- convirtió la zona de carnaval en un campo minado de vidrio.
Al intentar salir el pie derecho de mi esposa decidió abrirse, según el parte médico, una incisión lo suficientemente generosas como para darle diez puntadas. Piso algo, de lo mucho que había, y de ahí en adelante todo fue rojo, rojo y más rojo (¿pensar que estaba preocupada que no la pinten mucho?). De ahí todo fue rápido. La gente ya estaba muy caldeada. Es increíble lo rápido que se puede pasar de la euforia a la histeria con
escasas dos bombas lacrimógenas. Todos corrían, algunos se refugiaban en las casas vecinas (quienes habrían sus puertas para acoger a los carnaveleros) y otros simplemente atinaba a correr contra todos.
¿Pudo ser peor? Pero claro. Había mucho vidrio en el suelo y para los que no conocen las bombas lacrimógenas es muy sencillo caer en la desesperación. Había gente asmática con caras de ahogo, niños perdidos que no entendían en que momento el humo se volvió picante y mujeres -como mi esposa cuyo pie está en perfecta elevación de 45 grados para evitar bombear más sangre de la necesaria- que caminaban emulando faquires entre vidrios.
¿Era necesario tirar bombas lacrimógenas? No. Era un grupo de jóvenes alegres y no reclamo político. No había intenciones violentas simplemente de divertirse. Todos los que estaban ahí quería pasarla bien y no iban a arriesgarse a recibir un varazo por defender el pensamiento guía de la diversión. Estoy seguro que si los efectivos si hubiese perifoneado de manera preventiva mucha gente se habría retirado. Yo lo habría hecho. A mi edad, 32 años, no estoy ya para parar bombas lacrimógenas con el pecho para ganarme el reconocimiento una mancha festiva.
Lo sucedido en el Carnaval de Barranco pudo haberse solucionado de manera mucho más sencillo. En cambio se decidió por la bravuconada, por el golpe madrugador, por el atarante, el vil acogotamiento. Por la estrategia de barra brava. Es vital, por último, entender que las fuerzas policiales son -en teoría- profesionales capacitados para afrontar situaciones como estas. En ese sentido, si nuestra policía no tiene mayores argumentos que agarrar a varazos y tirar bombas lacrimógenas a los grupos festivos, estamos en serios problemas. Si estos son los profesionales tal vez ha llegado el momento de mirar los amateurs.
Comentarios 1
Deja un comentarioAguajino
mar. 1, 2010
Desde Barranco hasta Bagua, si no viviera acá -y haciendo ejercicio de demasiada paranoia- diría que por el modus operandi debe haber una organización (criminal?) que planifica y ejecuta de manera magistral estos ‘atentados’. Pensándolo con un pie en la tierra, diría que es el sistema-Estado junto con el sistema-Gobierno que ésta y todas las noches planean conquistar al mundo-Perú, y si es que no lo han logrado, lo estan haciendo.
Como comentario menos fumado, creo que por considerarnos ciudadanos no debemos dejar que ésto pase; sin embargo, me pregunto si es que en realidad podemos hacer algo.