Crónica de un encuentro anunciado (Conversación con el documentalista Javier Corcuera)

javier graficoHabía estado junto a Javier Corcuera unas cinco veces seguidas. Solo una de ellas opté por acercarme para pedirle una entrevista. Estaba frente a él y lo único que pude pedirle fue fuego para encender un cigarro. El encuentro se tuvo que postergar.

Por cuestiones del azar me volví a cruzar con él en Barranco. Sentía que era el momento preciso, pero al mismo tiempo experimentaba ese indescriptible efecto que produce el hablar con alguien a quien admiras, a quien estimas no precisamente porque lo conoces, sino porque su trabajo lo hace sentir cercano a ti.

Nos encontramos en el Bar Juanito. El cielo estaba clarito. Él sentado con un café, yo con agua. Ambos estábamos dispuestos a que esta conversación no quede registrada por aparatos modernos ni sobre cuadernos de notas. Era mejor recurrir al recuerdo.

Viaje a la semilla

Javier nació un 10 de marzo del 67 en Lima, a los 16 años estudió cine en un taller que dictaba Armando Robles Godoy (maestro de maestros), pero su primer contacto cinematográfico fue de niño. Recuerda que un tío suyo le regaló un “Cinexin”, proyector de juguete creado por Disney que emitía películas en formato Super 8. Cuenta que desde que jugaba con este aparato supo que lo que quería en su vida era hacer películas. “Yo cumplo lo que digo”, me afirma.

Es así como a los 18 años decidió irse a España para estudiar en la Facultad de Ciencias de la Imagen en la Universidad Complutense de Madrid. Creía (y quería) hacer ficción pero durante la carrera el rumbo cambió, le dejaron elaborar documentales y, de esta manera, empezó a involucrarse con el género de no ficción.  “Los documentales tienen vida propia. Puedes escribir el guión, definir los planos, tener una idea de lo que quieres hacer pero nunca se sabe lo que va a pasar al final”, continúa Javier, al mismo tiempo que afirma no poder huir de este género, pues siempre hay algo por contar.

Estábamos ya en cervezas, de noche y en la última mesa del bar. Le pregunté por qué esa conexión con lugares tan lejanos a su ciudad, por qué contar historias ocurridas en Irak o en Palestina. Me dijo que se siente en la obligación de trabajar con temas sociales, con hechos reales, independientemente de su ubicación.

Los documentales de Corcuera te pegan un tiro en la cabeza. Impactan, te matan. Te hacen reflexionar y conocer una realidad poco divulgada por los medios, te generan infinidad de preguntas. Te sacan lágrimas y te estrujan el corazón. Te matan nuevamente para que resucites distinto. Para que no solo mires documentales, sino para actúes.

La vida es un largometraje

Los personajes son piezas fundamentales en sus obras. Javier comenta que la relación con ellos tiene que ser equilibrada. “Tienes que ganarte su confianza, lograr que te cuenten su historia y que sientan que quieres escucharla. Al mismo tiempo debes saber cuándo parar de oír lo que sigue para que eso sea contado por primera vez en la película”. Así es como cada protagonista es elegido bajo ciertas características definidas por el Director, acompañado de un grado de intuición que, asegura, hasta ahora no ha fallado.

Todo ello se puede apreciar en películas como “Minuesa, una ocupación con historia”, “Chiapas: hablan los rebeldes”, “Doñana, memoria de un desastre”,  “La espalda del mundo” , “La guerrilla de la memoria” , Condenados al corredor”, “En el mundo a cada rato”, “Invierno en Bagdad”,  “Invisibles” o “Checkpoint Rock, canciones desde Palestina”, ganando premios como el Goya, el de la Crítica Internacional en el Festival de Cine de San Sebastián y el del festival del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana.

Precisamente es uno de estos trabajos el que lo llevó a relacionarse con el pueblo Saharaui, quienes lo contactaron, después de ver “La espalda del mundo”, para pedirle que haga una película sobre los refugiados. Lo que salió a partir de esa conversación superó las expectativas de todos. A Javier se le ocurrió llevar el cine al Sahara, creando un festival y, con ello, atraer todas las miradas hacia esta nación sin estado. Es así que, en el 2003, nace “FISAHARA”, Festival Internacional de Cine del Sahara,  que se viene desarrollando en los campamentos de refugiados y en donde han participado importantes artistas como Manu Chao y Javier Bardem. Ahí donde el desierto y el sol pueden ser elementos agobiantes, Corcuera se encargó de volverlos protagonistas de una risa rotunda contra lo inhóspito. No había mejor alfombra roja que la omnipresente arena.

Ha pasado como un mes desde que iniciamos esta conversación. Hemos hablado nuevamente con ese hombre inagotable, de voz baja y de intuición aguda, llamado Javier Corcuera, y ya tiene un nuevo proyecto en marcha. “Los Sonidos Profundos”.

Ahora, con muchas horas compartidas entre palabras, risas y planes,  puedo decir que tengo en Javier a un amigo totalmente convencido y comprometido con sus actos, con mucho por dar, con mucho por enseñar. Como una de esas frases rotundas que a ratos se proyectan desde sus ojos: “Si no puedes cambiar el mundo, que el mundo no te cambie a ti”.

Apoya al pueblo Saharaui, deja tu firma aquí: www.todosconelsahara.com

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  1. Lucas
    mar. 12, 2010

    Hola, soy amigo de Javier, lo conosco que largas noches de chupinazos y grandes cañas por las calles de Lima y Madrid. Felicidades Andrea, has sacado a relucir ese lado de Corcuera que tanto admiro y que tanto vale; y sí, que el mundo no nos cambie, sigamos alertas a la tendencia que cada día va asentandose según el sistema que impera.
    Sldos
    Lucas

  2. SienteMag SienteMag
    mar. 12, 2010

    Gracias Lucas, me alegra que te haya gustado.
    Un abrazo,
    Andrea

  3. Hellen Abad
    mar. 13, 2010

    Andrea, te luciste! tremenda crónica, te felicito! tengo una petición que tiene que ver con J. Corcuera! te la haré personalmente. Besos!

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