Luis Hernán Castañeda acaba de presentar El futuro de mi cuerpo (Estruendomudo, 2010), una novela sobre dos peruanos que llegan a un singular pueblo de los Estados Unidos llamado Nederland. Una estupenda novela de rupturas: geográficas y emocionales.
Entrevista CARLOS M. SOTOMAYOR
¿Cómo surge la novela, en relación a este pueblo llamado Nederland?
Nederland es un pueblito que está muy cerca a la ciudad en la que vivo y estudio. Es un pueblito medio abandonado en donde viven cerca de dos mil personas y que da la impresión de ser un pueblo fantasma en el que no pasa nada. Sin embargo, cuando lo empecé a visitar, lo que buscaba era un lugar de descanso, una especia de refugio casi campestre. En esos viajes empecé a notar, como una atmósfera un poco extraña del lugar, ciertas cosas que me sacaban de cuadro. La forma en que la gente decoraba sus casas. Por ejemplo, me llamó mucho la atención encontrar, en una caminata, un poster de Marcel Marceau puesto en una ventana mirando hacia la calle. Luego, un hombre que hacía esculturas de osos y las vendía afuera de su casa. La cantidad de gente dedicada al yoga, a la música. La cantidad de gente liberal. La cantidad de hippies viejos que se seguían vistiendo como hace décadas; y de alguna manera querían mantener viva su forma de vida. Esos detalles me hicieron intuir que había algo más en ese pueblo, como una vida subterránea. Y eso lo confirmé cuando me enteré de que existía este festival real que se celebra siempre en Nederland para celebrar el inicio de la primavera y que es una especia de festival de renacimiento, de celebración de la vida. Y la estrella de este festival es un hombre congelado que efectivamente está allí y es un personaje real, conocido en el pueblo. Lo sacan a pasear. Y el festival es bastante extravagante porque en realidad es una especie de Halloween de las montañas o fiestas de disfraces. La gente se disfraza y tienen juegos, como el que sale en la novela: el salto al agua congelada. Juegan beisbol con pescados congelados usándolos como bates.
La novela nos muestra a dos personajes desarraigados, tanto del Perú como de Estados Unidos.
La novela es la historia de una separación. Ocurre en cuatro días. Y allí puede pasar cualquier cosa. Y son dos personajes peruanos pero que viven fuera del Perú hace mucho tiempo. Salieron del Perú para ser estudiantes de Literatura, como yo (lo que sería un dato autobiográfico), pero después de terminar sus estudios se quedaron y se perdieron. Ninguno de los dos tiene relación con la literatura, han perdido el vínculo con la academia, el vínculo con su pasión original. Han perdió el vínculo con el Perú, o quizás nunca lo tuvieron. Lo andino para ellos es un espectáculo, lo ven con ojos de turistas. Estando afuera del Perú lo recuperan, pero como si fuera un álbum de postales. Lo andino para ellos es como el cuento de lo raro, lo extraño, lo pintoresco gore. Y tampoco son norteamericanos y no están adaptados a la sociedad norteamericana. Su relación con la cultura norteamericana es muy epidérmica, muy superficial. No pertenecen a ninguna parte y tampoco se pertenecen el uno al otro porque están separados. Un desarraigo existencial absoluto.
La atmósfera de la novela es fría…
Para mí era muy importante el clima. La novela debía suceder durante una intensa tormenta de nieve, donde el frío era lo que reinara. Y ese frío debía ser un frío interior. Los personajes son fríos y se repite mucho en la novela. Y lo que quiere decir el narrador es que los personajes están distantes de su propio centro emocional. Han perdido la capacidad de sentir.
Porque además hay un doloroso dato biográfico que los ha marcado.
Sí, la novela es como la crónica de la imposibilidad de construir una familia, donde está el padre, la madre y el hijo. El dato biográfico que los marca es la pérdida del hijo. Es la revelación que da pie a entender por qué se están separando, por qué su relación es tan problemática, tan violenta. Y, además, ese hijo perdido es la metáfora del desarraigo, de la imposibilidad de completar el futuro. La metáfora del hijo se relaciona con la metáfora del hombre muerto congelado porque en ambas figuras está la idea de que no hay futuro, no hay posibilidad de concretar algo hacia adelante.
Se tiene la idea de que al estar fuera del país se tiene una mirada más profunda de él. Sin embargo, no es necesariamente así: una prueba son los dos protagonistas de la novela.
Hay la idea de que estar fuera te permite ver con mayor claridad tu sitio de origen, tu propio país. Está la idea clásica del intelectual latinoamericano que viaja a Europa, a París, y desde allí reflexiona sobre su país. Y en esta novela trato de revertir ese mito. Y lo que la novela dice es que sí es posible perderse y perder vínculos con el lugar de origen y además no ganar claridad sino también extraviar esa claridad y convertirse en una suerte de fantasma sin lugar de procedencia y sin destino, que flota por allí. Son personajes desconectados de todo, pero buscan reconectarse.
En tus libros siempre hay una reflexión en torno a la escritura. En esta ocasión también la encuentro: en la dicotomía que plantean los personajes. Serena es más vitalista, necesita tener la experiencia; y Angel no comparte aquello, y es más libresco, digamos.
Sí, lo has puesto muy bien. Y me alegra que se note. A los personajes intenté darles una psicología propia. Y a la vez representan algo más. Y hay un dato que podría pasar desapercibido: cuando eran estudiantes ambos estudian el Siglo de oro español. Pero mientras que Angel hace su tesis sobre Villamediana, Serena estudia a Lope de Vega. Villamediana sería el paradigma de lo culto, lo libresco, y Lope lo popular, lo vital. Los personajes son así: uno se refugia en los textos, y el otro quiere salir de la literatura para entrar en la vida, bajo la idea de que vida y literatura son dos cosas totalmente distintas. Idea que no comparto y que la novela tampoco comparte. Ese sería un ejemplo de reflexión metaliteraria. Pero hay otro más, que es la presencia del Siglo de oro en la novela. La presencia de una reflexión sobre el vínculo entre la palabra y el mundo que viene de mis lecturas de la prosa del siglo XVII. Especialmente de Quevedo. Un libro que está muy presente es Los sueños.
Y también está Arguedas…
Sí, Arguedas es una presencia constante en el libro. Lo que yo intenté hacer es leer a Arguedas como podría leer a un maestro, pero despojado de su aura de solemnidad y respetabilidad. Arguedas es un escritor pero también es un mito para nosotros. Y me parece que la forma más saludable de tratar este mito es yendo contra el respeto que paraliza, en contra de la imagen congelada de Arguedas. La idea en esta novela es agarrar su obra, su biografía, su punto de vista y sacarlo del panteón, hacerlo vivir en otro tiempo y en otro lugar. En esta novela hay una comprensión de la cultura andina que a mí por lo menos me viene de Arguedas. Ya Vargas Llosa en La utopía arcaica puso muy en duda veracidad mimética de la obra de Arguedas. Sin suscribir del todo esa tesis, por mi parte reconozco importante el tratamiento simbólico que Arguedas le da a lo andino. Yo quise tomar ese tratamiento, descontextualizarlo del Perú, colocarlo en otro lugar en relación a unos personajes que no se identifican con lo andino, que tienen una relación oblicua con lo andino, de aceptación y rechazo a la vez, una relación incómoda. En la actualidad eso ha cambiado, se ha asimilado lo andino, lo andino ha transformado todo y está en todas las partes. La novela no es que retrate ese cambio pero sí cierta actitud frente a lo andino.

Comentarios 0
Deja un comentario