Carta abierta a mis amigos (de derecha)
Queridos amigos. Sí ustedes con los que he pasado divertidísimos momentos y que han estado en aquellos que no quisiera recordar.
Sí ustedes que llamo amigos, pero son tal vez hermanos, primos, tíos, vecinos. Que se sorprenden cuando digo que soy socialista luego de haber estudiado en una universidad elitista, o pertenecer a una "católica" promoción de la Inmaculada.
Sí, a ti que me miras (y me lo dijiste alguna vez) con cara "esa moda ya pasó" y ya se te pasará. A ti que te preguntas "¿cómo vas a apoyar a los terrucos que tanto daño le hicieron al Perú?" "¿Cómo vas a andar de émulo de Chávez con todo lo que hace en Venezuela?"
A ustedes, queridos míos, les digo: si la visión que tienen de mí es hija de una polarización manipuladora (donde se coloca en el mismo saco socialista a radicales furiosos y a intelectuales sensatos), no me queda más que referirme a tu "derecha" como el conjunto alimeñado y aristocratoide que, avalado por la iglesia y su necesidad de mantener el status quo (los pobres donde están y los ricos, y sus amigos, siempre más ricos), son capaces de las mismas atrocidades que cualquier radical del bando contrario (sólo son más refinados y cuentan con el apoyo oficial).
Queridos míos, existe esa derecha que ustedes, tal vez como sensatos que son, no conocen y es igual de radical y salvaje que la izquierda suicida.
Les recuerdo, con el cariño que les tengo, que así como ustedes ven en mi opción política la sombra del terrorismo y los colores de la guerra, yo percibo en la de ustedes y en la mayoría de derecha el aroma rancio del fascismo. Aquel que emana de esos "señores de ULTRA derecha" que hoy son del PPC y van con Lulu. Lean algo de sus "ideas", por amor de (su) Dios.
Amigos, hermanos, primos, tíos: No me pidan que me ponga del lado de los que dictan las reglas del juego. Menos de los dueños del mismo. Existe una tendencia en mí, más allá de lo superfluo de si pongo piedras o etiquetarme de algún color, de identificarme siempre con el que menos tiene, con el oprimido, el que no tiene oportunidades, con el que se le niega pensar o soñar con algún futuro.
Justamente por conocerlos y porque me conocen sabrán de lo qué hablo: me refiero a las miles de personas que tienen la capacidad, el potencial y no tienen oportunidades porque para la sociedad tienen un lugar definido: en el que les tocó nacer.
Yo he sentido en carne propia qué es no tener posibilidades, qué es no poder soñar ni pensar en construir un futuro. He probado el sabor amargo y amargador de la injusticia.
Mal que bien, sea por alguna razón (familiar, procedencia, suerte, sabe dios qué), puedo avanzar en este mundo injustísimo. Pero en el camino he podido ver muchos tocar puertas y recibir portazos eternos.
Y más abajo de eso hay más. Y más abajo hay más.
Con ellos está mi corazón, sea del color que sea y sin adornos incas ni ojotas ni religión.
Imposible, después de vivir lo que seguramente intuyen, estar del otro lado.