Nunca me cansaré (letanías)

Nunca me cansaré de escribir contra la violencia ejercida sobre las mujeres por padres, novios, enamorados, esposos, maridos, amantes, más-que-amigos y demás varones, y sostener que se fundamenta en un asqueroso conjunto de ideas: el machismo.

Nunca me cansaré de repetir que el machismo no es una característica de los varones, ni un defecto de los hombres, sino un sistema de discriminación.

No me cansaré de intentar entender ese sistema de discriminación que, considero, se basa en la idea de poderío del hombre sobre la mujer para controlar la natalidad y el parentesco matrilineal, un sistema que propugna la supremacía del varón y, sobre todo, de homologación de cierta fuerza física a una especie de superioridad moral.

Nunca me cansaré de estudiar ese sistema para analizar sus estructuras, laberínticas y perversas, sus maneras de organizar la discriminación con tal sutileza que, incluso, las propias mujeres lo creemos así y por eso nos victimizamos.

No me cansaré de hacer lazos violetas y ponerme lazos violetas, y vestirme de violeta, y recordar que el violeta es el color de la melancolía (Eielson lo dijo).

Nunca me olvidaré de mis antecesoras: todas aquellas mujeres que murieron para que yo escriba esta kolumna, aquellas cuyas imprentas fueron quemadas, y que luego excomulgadas salieron del Perú huyendo para salvar sus vidas.

Nunca me cansaré de explorar las diversas formas de parar la violencia física contra las niñas y contra las mujeres en situaciones vulnerables: conflictos armados, guerras internas y externas, trata de personas, prostitución forzada  y otras situaciones de alto riesgo.

No me agotaré ante la mirada indiferente, ante la cachetada de indolencia, que tantas reciben de tantas otras, sin percibir que es necesario ser solidarias con las mujeres golpeadas, quemadas, achicharradas vivas en las piras funerarias de sus maridos, lapidadas, rociadas con aceite y quemadas (como esa mujer del Cusco hace apenas cuatro días).

Y aunque se me caigan todas y cada una de las pestañas no cejaré en seguir leyendo, estudiando y aprendiendo en nombre de mi abuela que no pudo terminar la secundaria, de mi otra abuela que, terminándola, no la dejaron ser enfermera, y de mis tatarabuelas que, seguramente, “apenas escribían los recados de la lavandería” (Ricardo Palma lo dijo).

No me cansaré de repetir esta letanía, por los siglos de los siglos, contra mares y tormentas, contra todo pronóstico, contra el aburrimiento del mundo, contra los lectores que me desprecian, contra los que me ofenden, contra las mujeres que me ningunean, contra aquellos que se espantan de mi carácter panfletario y monotemático porque, mientras has leído este párrafo, una mujer ha muerto por culpa de una mano masculina que le asestó un navajazo, dos tiros en la espalda o “unos cuantos piquetitos” como dijo ese asesino mexicano cuando lo descubrieron.

Esta kolumna ha sido publicada en La República el domingo 28 de noviembre de 2010.