Urge ordenar ideas sobre el posible Acuerdo PUCP-Vaticano

Publicado: 08 abril, 2012

[ En conversación con Eduardo Villanueva ]

Mi buen amigo Eduardo Villanueva ha hecho “un ejercicio de ordenación de ideas para aportar a una conversación colectiva”. Tomo el guante. Concuerdo en que la negociación recién empieza y que habrá un proceso “hacia adentro, donde la misma comunidad universitaria tiene que conversar sobre un tema estructural, que definirá la universidad por una buena cantidad de años.” No puedo estar más de acuerdo, hay que empezar a hablar.

El asunto es complejo y requiere la calma que Eduardo invoca; pero no será tratado sin apasionamiento. Si algo puede despertar pasiones en un medio intelectual es precisamente la perspectiva de perder o ganar influencia en la determinación de la identidad de la institución para la que se trabaja. Creo, además, como decía Hume, que la razón es y debe ser la esclava de las pasiones. Lo importante es saber de qué pasión hablamos acá.

Mi objeción de fondo (tal vez la única): ni el contenido ni el tono del acuerdo me llevan a pensar que hemos “pasado del optimismo jurídico al catastrofismo rotundo”. Si comparamos lo que solicitaba Cipriani en la carta del 16 de julio de 2011, que fue mencionada como el factor de adecuación en el ultimátum de Bertone, con lo que la PUCP cede en el acuerdo, no veo cómo se pueda llamar a eso una catástrofe. Al contrario, es una buena negociación.

Concuerdo con Eduardo en que no podemos correr en una decisión “sin considerar qué implica lo que se acepta, incluso, insisto, si es el único camino viable ante la amenaza legal del Arzobispado.” Hay que esperar el final; pero en caso de que Cipriani no patee el tablero y acepte incorporar lo relativo a la Junta Riva-Agüero, la comunidad tendría que poner sobre la mesa de debate lo que implica el acuerdo para la vida institucional.

Es preocupante la falta de claridad respecto del proceso. Al parecer, están negociando el Rector y el Gran Canciller, con la presencia del Nuncio. Todo indica que la decisión final la tomará la Congregación para la Educación Católica cuando reciba los estatutos modificados. Al interior de la PUCP, la cuestión implica una responsabilidad enorme para los asambleístas. Se dice que algunos están haciendo consultas a sus bases.

Sobre la “lectura formalista”, quizás sea uno de los mayores defectos del proceso. No ha habido un tratamiento abierto y a fondo de los grandes símbolos en disputa: católica y sobre todo pontificia. ¿Puede una institución con esos símbolos en su nombre no querer involucrar de alguna manera al clero en su vida institucional? Parece que no; pero, entonces, ¿cómo entienden esta participación ambos, la comunidad universitaria y el clero?

Sobre todo el símbolo pontificia dice que el alto clero está involucrado en la educación impartida en la PUCP. Se nos preguntó si queríamos seguir siendo pontificia y dijimos que sí. Entonces, no podemos nosotros decir cómo queremos serlo. Es en el entorno del pontífice donde se determina eso. Y no basta con aplicar la Ex Corde Ecclesiae, porque no dice nada sobre las universidades pontificias.  La Ex Corde no es el problema.

En esto también concuerdo con Eduardo: la autonomía no está incólume, y no podía estarlo desde el momento que se respondió positivamente a la pregunta clave por el carácter pontificio. Ese era el momento de pasar a la autonomía plena y se perdió. Eso implica, en efecto, que el estatuto  reformado será un documento discriminatorio porque “reducirá el grupo de potenciales rectores”. Por eso el Cardenal Erdó hizo esa pregunta clave.

Pero yo no veo necesariamente una Espada de Damocles. Veo más bien la consecuencia lógica de haber aceptado y haber reiterado la aceptación del título. Sería muy raro que el embajador de Italia en el Perú no fuera un italiano; del mismo modo, es difícil que el rector de una universidad “del pontífice” no sea un católico. Si estamos embarcados en eso, de lo que se trata ahora es de prevenir el abuso del poder que el clero de hecho tiene.

También estoy totalmente de acuerdo con Eduardo en que esto es un retroceso respecto del modo como nos comprendíamos hasta antes del efecto Cipriani. Yo era de la opinión de que debíamos renunciar al título de pontificia para preservar el carácter de universidad plenamente autónoma que habíamos adquirido en los últimos treinta años. Pero se pensó que esto era imposible. Bueno, si mi institución opta por una ruta, yo la respaldo.

No hay chantaje, mi estimado amigo, hay veinte siglos de experiencia. ¿Podemos preguntarnos todavía qué universidad queremos realmente? Yo creo que sí; pero dentro de unos márgenes que tenemos que respetar porque nos sometimos libremente a ellos. ¿Queremos “una continuación del status quo de siempre, con sus vaguedades y tensiones de marea y resaca con la jerarquía eclesial”? Ya no será posible, ahora hay que hablar claro.

La fórmula de “una universidad claramente secular pero que se reconoce como católica de inspiración” no es compatible con una universidad pontificia. La UARM puede serlo, la PUCP no. La universidad se sometió a ser primero pontificia. Traté de explicarlo recurriendo incluso a la historia medieval; pero, por desgracia, se suele despreciar el recurso al pasado conceptual, sobre el que precisamente se sostienen las convicciones y las estrategias de la jerarquía.

Todo está cambiando y está claro que hemos perdido algo que como comunidad altamente secularizada valoramos mucho más que ser una universidad del pontífice. Eso no implica, desde luego, la propiedad de los bienes. No hay que confundir la pertenencia a la Iglesia que impone el carácter pontificio con las ambiciones de Cipriani, que por desgracia hasta la fecha confluyen. Para mí, el milagro del que habla Eduardo es que se rompa esa confluencia.