El que hace que funcione el Estado

Publicado: 04 agosto, 2012

El funcionario es, según el Diccionario de la Real Academia Española, la persona que desempeña un empleo público. Esa definición no tiene intencionalidad y me parece, por neutra, bastante mala. Funcionario debería significar “el que hace que funcione el Estado”.

En ese sentido ¿cuántos empleados púbicos tenemos comprometidos con el hecho de que el Estado funcione? Lo pregunto porque escuchando el discurso del Presidente Humala y su larga lista de metas, objetivos y acciones lo primero que pensé es ¿Tenemos los funcionarios para echar a andar los planes propuestos?

Creo que no. La mayoría de instituciones del Estado peruano funcionan muy mal. Por eso mi inmediata reacción al discurso fue de incredulidad; más aún, cuando el Presidente habló poco de reformar el Estado y menos de dotar de confianza y capacidad de acción a los funcionarios.

¿Por qué funciona mal el Estado peruano? Por el sistema y por la falta de compromiso de los  funcionarios. Por un lado, el sistema que enmarca la acción de las personas que trabajan en él se basa en la desconfianza y presupone que el funcionario es, en esencia, un potencial corrupto. Por eso, hay que hacerle muy difícil que contrate y ejecute el presupuesto.

En el Estado peruano no se premia el riesgo ni se incentiva el logro. Por el contrario, la velocidad de acción es combatida por normas absurdas y la amenaza de juicios en el futuro. Encima, el Presidente anuncia una ley para que los delitos de corrupción sean imprescriptibles. El funcionario tendrás 80 años y sus rivales políticos le podrán clavar un juicio por algo que hizo a los 30 y, con las normas que tenemos, auditores, procuradores y fiscales para que no se piense que están coludidos con él, se pueden inventar cualquier cosa, su misión es acusar. Aunque no haya pruebas suficientes, aunque la labor del funcionario haya sido digna de aplauso, deben acusar para que no piensen que ellos son los corruptos.

Por eso, la consigna si eres funcionario es “no gastar, no hacer y aburrir a los jefes antes que arriesgarse a las auditorías y juicios”. Esa es la principal razón del bajísimo gasto público. El sistema hace que el funcionario piense que lo inteligente es cuidar su chamba no haciendo nada. El que hace, eleva sus posibilidades de ser castigado, maltratado y sometido a la tortura judicial. Incluso en la emergencia, el funcionario prefiere inhibirse y si actúa, lo hace con pies de plomo. Ante el miedo no hay emergencia que valga.

Por otro lado, la mayoría de funcionarios no tienen compromiso con la ciudadanía. Muchas de sus tareas no suponen riesgo de juicio pero tampoco se hacen. Pararse de su silla y apoyar en una ventanilla, sonreír, hablar con el jefe para que autoricen modificar algún servicio, imprimir velocidad a la revisión de los expedientes, atender con amor a los pacientes, etc. Pocos actúan con motivación de servir al ciudadano.

Los funcionarios, en un buen número son eunucos sociales, tienen castrada la vocación de ayudar a las personas a solucionar sus problemas. Están perdidos en muchas tareas absurdas y no tienen ni idea de cuál es su función principal y qué se espera a cambio del pago de sus remuneraciones.

Y las provincias es peor y en los distritos peorsisísimo. El funcionario trasladado a servir en el interior del país es de los peores empleados que existe y el funcionario local que regresa después de sus estudios lo hace, por lo general, con soberbia.

¿Cómo hacemos para cambiar esta situación? De nada sirven los millones si el aparato encargado de ejecutar los planes no funciona. No existe gasolina que haga funcionar un auto en mal estado. Urge una reforma profunda de nuestras concepciones frente al sistema en el que los funcionarios deben desenvolverse. Y urge trabajar en ellos, recuperar esas personas, llenarlas de empatía y vocación, de amor por sus compatriotas. No podemos tratarnos tan mal entre nosotros.

Publicado en Diario16, sábado 4 de agosto del 2012