LIMA EN BLANCO Y NEGRO,FUERTE Y OJEROSA. Fotografía testimonial de Óscar Pacheco
(Por Cecilia Podestá. Publicado en Diario16, sección cultural, 7 de agosto, 2012)
Hubo una época en la que la guardianía del convento de Santa Clara en Barrios altos estuvo a cargo de una anciana que entregaba frases en papeles pequeños, mensajes con su voz ronca y algunas cosas más a las monjas del claustro. Aun a fines de los 80, algunas religiosas entraban al convento para no volver a salir -viviendo literalmente enclaustradas- dedicando su vida a la oración y limitándola a los pasillos y jardines de su institución religiosa. El oficio de esta guardiana era comunicarlas con el mundo exterior que se limitaba a noticias sobre sus familias. Cada vez que un hermano se casaba o alguien moría, la anciana directamente desde el velorio u otras ceremonias llevaba el mensaje dentro del claustro. “No recuerdo su nombre. Mi madre lo sabía” comenta Oscar Pacheco, mostrándonos la fotografía que le hizo en 1978. La llamó informante del claustro. En ella, la anciana espera por las religiosas, que a su vez daban mensajes de otras. Lo hacía sentada sobre una silla, y apoyando las piernas en el inicio de las escaleras que conducen al portón, con los brazos cruzados, de perfil, y esquiva con su propia sombra, muy seria.
Ella es uno de los personajes de Conductas urbanas, la muestra de fotografía testimonial que se presenta en la Galería Juan Pardo Heeren, recorriendo el lente de Pacheco para nuestra vista. . Sus imágenes delatan las décadas del 70, 80 y 90. “No sé si nombrarla documental social, ya que creo que ese calificativo debe pertenecer a un estudio mayor. Estas imágenes fueron apareciendo y construyendo mi lente. Lo llamo realismo fotográfico” comenta el artista, quien expone su trabajo a insistencia de amigos, familiares y alumnos de San Marcos y Bellas artes, donde dirige el taller de fotografía desde hace más de quince años, en el límite de lo digital, cuando las imágenes se formaban estando sumergidas en químicos y dentro de cuartos oscuros. “Lo digital es solo la repetición de la cámara de película, lo que no ha cambiado ni va a cambiar es la actitud, la filosofía antes de la toma, lo que hace que nos apropiemos de la imagen” recalca.
Todas sus fotografías pertenecían inicialmente a un diario que incluso tenía textos, comienzos de ensayos, prosas y más. Desde esos cuadernos han sido reproducidas para esta muestra antológica, que no solo recorre años, sino lugares y cambios.
Pacheco llegó de Paris después de doce años de estudios en fotografía que alternaba con su trabajo de obrero; a la plazuela Buenos aires en Barrios altos, donde tenía su taller de revelado. Esto le permitió acercarse a esa Lima criolla, que se quebraba como las pistas y se volvía a reinventar en la sonrisa pícara de cada uno de sus parroquianos. “Era la época de la escasez del kerosene, de los ícaros de la vía expresa, o sea los viejos Enatrus… pero sobre todo fue una época de personajes. Retraté a los entrevistados de Jorge Salazar, cuando era periodista de culturales. Y ellos eran Francisco Izquierdo Ríos, los poetas Washington Delgado, Antonio Cisneros, el pintor Enrique Polanco, que era mi alumno en Bellas artes, Alfonso Barrantes en plena campaña, Francisco Lombardi, en la filmación de sus películas, cuando yo trabajaba para Inka Films, incluso al pintor Humareda dentro de ese viejo abrigo, único y eterno, que casi nunca se quitaba. A cambio de un retrato me invitó a un bar en el que solo tomamos un té. Me sorprendí. Todos creían que era un borracho, pero no bebía, no fumaba, solo pintaba y aspiraba sus propios pinceles, dentro de un cuarto pequeñísimo en el Hotel Lima. Solo alcanzaban su cama y su caballete, por eso murió con cáncer. El olor de la pintura se le metió por la garganta” recuerda Pacheco junto al muro de retratos de la galería.
Pocas fotografías recogen la época más violenta, los 80, ya que el mismo Pacheco pidió que no fueran parte de la muestra a excepción de unas cuantas. ¿Por que? “Como profesores estábamos vigilados, no son recuerdo gratos, tan simple como eso… pero sí son parte del catálogo” responde.
Así transitó Pacheco por Lima, con su cámara oculta en una bolsa de mercado para que no se la robaran sus vecinos de Barrios altos, viajando dentro de la ciudad como si en cada esquina una imagen lo asaltara con la fuerza de ser tan simple y penetrante como lo más cotidiano.

La plazuela del Carmen donde descansaban los personajes que fue retratando sin que lo notaran, la quinta Heeren y su cafetín de mala muerte donde se tomaba el mejor café pasado de Lima, incluso calles que ya desaparecieron, casas derruidas y muros inmundos; le fueron dando a Pacheco el discurso, la forma, el lente, no de la calle, sino de lo que ocurre en ella. Las imágenes regresan como otro lugar, décadas después y entre semáforos malogrados de avenidas que ya no existen. Emergen desde los aniegos abombados que con los ojos del que mira y dispara desde la cámara, también con la desidia del que la orina entre postes de luz, o acaso con la locura del que suda su pobreza y persiste, vive, maldice, sonríe y sigue como si nadie lo viera, como si nadie lo fotografiara entre otras piezas urbanas.


El dato
“Conductas urbanas”, bajo la curaduría de Nanda Leonardini, en el ICPNA del centro de Lima. Galería Juan Pardo Heeren (Jr. Cuzco 446). Abierta al público hasta el 16 de setiembre.
Oscar Pacheco (Lima, 1937) Estudió cine y fotografía en Lima y en el London School of Film Technique en Londres. Actualmente ejerce la docencia.