Salir de Guantánamo
Samir Naji al hasan Moqbel, un yemení de 35 años, parece tener algo claro en la vida que casi no tiene: no estar ni un día más en Guantánamo, la base-cárcel militar norteamericana ubicada en Cuba, a donde fue llevado hace 11 años y 4 meses. Según una carta enviada a su abogado, que publicó el New York Times, nunca ha sido acusado de nada.
Ni ha tenido un juicio y desde que el 15 de marzo se negó a comer le están metiendo, a la fuerza, una sonda por la nariz para alimentarlo (“sentía la necesidad de vomitar y no podía”, escribe). Unos 11 presos más de esta mazmorra contemporánea están “comiendo” de esa manera. Y otros 80 más están en huelga de hambre, en plena era Obama.
¿Por qué no se cierra ese pozo infame donde permanecen presos 166 hombres en una suerte de purgatorio al que llegan escasamente las leyes internacionales y el más elemental derecho a la defensa? Desde que George W. Bush la abrió en el 2002, para llevar allí a los ‘combatientes enemigos’, han muerto 9 reclusos y han sucedido varias barbaridades más.
Obama, en su primera campaña, anunció que cerraría este centro del espanto y, en efecto, el presidente, a pocos días de haber asumido, firmó una orden para que en el plazo de un año se procediera al cierre. Pero en el Congreso los republicanos se atrincheraron frente a esa posibilidad y los demócratas no mostraron signos de querer comprarse el enorme pleito.
En cierto modo fue un debate como el del control de armas: resultaba muy sabio acabar con la prisión de Guantánamo, pero era impopular recibir en las cárceles de un estado a los que salieran. En otros países tampoco eran bienvenidos, por lo que el cruel invento montado por Bush, en su febril “guerra contra el terrorismo”, sigue siendo una torva condena sin fin.
Con el tiempo se permitió la entrada de abogados a la base y se bajó la cantidad de reos de más de 600 hasta los 166 de hoy. De ellos, 86 ya tenían un visto bueno para volver a sus países, entre los cuales hay 56 yemeníes. Solo que la sospecha de que Al Qaeda se ha hecho fuerte en Yemen, donde hay una base militar de EEUU, hizo retroceder a la Casa Blanca.
Al punto que ahora ni siquiera hay un funcionario encargado de la repatriación de los presos, como lo había hasta hace poco. Todo indica que Obama, por sus problemas internos y por el cabe que el Congreso le pone al tema, ha sido incapaz de cumplir su promesa. Pero, vistos los hechos, él también debería liberarse de este vergonzoso laberinto.