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El Cid y su batalla por la memoria

Publicado: 2011-05-19

Otros lo conocieron mejor.

Unidos por las búsquedas de una generación, algunos harán, han hecho ya, el elogio del amigo. Unidos en largo diálogo científico, otros seguirán citando sus obras, construyendo sobre sus hallazgos de pensador crítico. Aquellos de quien fue mentor, recordarán al maestro.

Quienes lo conocimos en los últimos años, a partir de la Comisión de la Verdad, fuimos testigos de su faceta de activista. En mi caso, lo había conocido de manera indirecta, en los años de la violencia, cuando leía las polémicas de la izquierda, a través de “Amauta” y “El zorro de abajo”; luego, muy breve, superficialmente, cuando hacía mis pininos de sociólogo en el Instituto de Estudios Peruanos.

La CVR fue el encuentro verdadero. En ella, paradójicamente, Carlos Iván no se consideraba un activista de derechos humanos, porque pensaba que no podía serlo sin una formación legal. De hecho, su análisis de la coyuntura política –ejercicio que en él era permanente- no se enfocaba en la dimensión legal de los hechos y en “La década de la antipolítica” su libro sobre la dictadura fujimorista no se había adentrado en el rol del movimiento de derechos humanos.

Qué equivocado estaba. En medio de un panorama en que –es cierto- los derechos humanos se vuelven cada vez más una especialización jurídica, su atención a la cultura y a los significados enriquecía y profundizaba lo que hacía el movimiento. ¿Cómo no iba a ser un defensor de los derechos humanos alguien que había mostrado en textos y clases las consecuencias funestas del desprecio y la discriminación; quien había desmontado el aparato ideológico de Sendero ante nuestros ojos? Su boceto de un país que libraba “batallas por la memoria” en el que las voces de los marginados le planteaban un reto a la “memoria salvadora” inventada por el fujimorismo, fue fundamental para diseñar la Comisión de la Verdad y en su trabajo. ¿Cómo no iba a ser eso trabajo de derechos humanos?

En la Comisión, descubrimos pronto que Carlos Iván era mucho más que un experto sobre Sendero Luminoso sino, ante todo, alguien que nos ayudaría a darle sentido a las historias disonantes, paradójicas y siempre trágicas que recibíamos. Fue a su iniciativa que la CVR invirtió esfuerzos en reconstruir la historia de la violencia desde escenarios regionales y locales, y no sólo desde una supuesta narrativa nacional única. Era un privilegio conversar con él y hacerse parte de la riada de metáforas en las que mezclaba todas las disciplinas, para hacer de la catástrofe algo que se pudiera aprehender, si no explicar del todo, y para extraer de ella conclusiones y caminos.

Carlos Iván estuvo a cargo de la redacción del Informe Final, con un pequeñísimo equipo que el café, los madrugones y las discusiones convertirían en una banda de felices pocos enfrentados a una inundación de versiones y revisiones, arbitrando entre abogados y sociólogos; sicólogos e historiadores; expertos en estadística y filósofos. En medio de ese laberinto de plazos inminentes, no le vi perder la calma por un minuto, ni dejar de combinar el buen humor con la perfecta convicción de quien lleva adelante el trabajo más serio de su vida.

Fue Carlos Iván el responsable –ante el pleno de comisionados- de tejer una trama coherente para una investigación tan amplia, en especial mientras revisaba línea por línea el capítulo de las conclusiones generales. En esas últimas semanas, llevó a debate entre los comisionados lo que varios creemos fue su mejor obra: una en que la comprensión de la lógica de cada actor nunca estuvo separada de la capacidad de juzgarla éticamente y de reclamar justicia; una en que las múltiples manos de cientos de capítulos, investigadores y comisionados se convertían en un argumento, un memorial que –como el de Guamán Poma- se dirige al soberano, pero esta vez no allende los mares, sino aquí, entre nosotros, en el pueblo.

Luego de la CVR, Carlos Iván hizo pedagogía del Informe y estuvo detrás de cada esfuerzo por debatirlo con precisión y defenderlo frente a la avalancha del fujimorismo que resurgía y la desvergüenza de los partidos que regresionaban hacia el autoritarismo y la mediocridad.

En el 2007 llevó la experiencia de la CVR a Colombia, y acompañó el complejo escenario abierto por el proceso de desmovilización de las AUC. Para los historiadores y pensadores colombianos, Carlos Iván se convirtió rápidamente en un amigo y un referente en su propio laberinto de guerra e impunidad. Ya en esa época se quejaba de una enfermedad rara, de síntomas variables, que nadie le sabia explicar qué era; pero igual, repartía su tiempo entre Bogotá y Lima investigando, debatiendo, empezando –sin saberlo- una nueva batalla.

En efecto, en esos últimos años de actividad encarnizada, Carlos Iván nos demostró que no era posible concebir las disputas hegemónicas que marcan el país sin entender y tomar parte en la construcción de la memoria. Si la memoria individual era un ejercicio de reposo, la memoria colectiva era una meditación combativa, en la que los olvidados, los insignificantes, tenían por primera vez –a través de la doctrina de los derechos humanos- la capacidad de contar sus historias y hacer tambalear el dicho según el cual la historia es despojo que se lleva el vencedor. El era conciente de que no había en los políticos que atacaban el Informe Final mera mezquindad inconciente o ignorancia, sino, por el contrario, un claro cálculo de costos y beneficios, una estrategia para salvar una versión de la historia que no retase al poder, al orden, a la injusticia.

A donde fuese, y en cualquier nivel de energía, ya sea que la enfermedad amainase o arreciase, seguía siendo –creo- idéntico a sí mismo, que es decir fiel a ciertas cosas, las pequeñas cosas verdaderas: la curiosidad, la amistad, las paradojas. Era un apasionado del Perú, que es decir un amigo de las sorpresas, las grandes sorpresas con que el país se construye y se propone. Sus artículos eran siempre sobre la coyuntura política pero –a la vez- dejaban traslucir una teoría general, la denuncia de un país construido sobre la base del desprecio y que se reconstruye en la calle y en el campo a través de millones de actos de libertad.

A los que lo conocieron mejor y a los que lo conocimos más tarde, nos queda la resignación para la que él nos había preparado y una amargura que nadie nos había dicho sería tan artera. En los tiempos que vienen, tendremos que recordar que el Cid –como le llamábamos por sus iniciales- seguirá ganando batallas, y que no nos queda otra que seguir, con él, campeando.

Fuente de la imagen.


Escrito por

Eduardo Gonzalez

Descendiente del gitano Melquíades. Vendo imanes. Opino por mi y a veces por mi gato.


Publicado en

La torre de marfil

Blog de Eduardo González Cueva