El día después de mañana

Publicado: 2011-06-04

Tomado de Peru21.- Columna Qué lisura, de Patricia del Río.- Mañana termina uno de los procesos electorales más complejos que se haya vivido en el Perú. Durante más de un mes, hemos visto a dos candidatos tratando de convencernos de que no son tan malos como parecen. Ha habido denuncias, ataques, juramentos, adhesiones y muchos insultos. Entre la población se ha librado una batalla aparte: acosos a quienes van a votar por Keiko tachándolos de convenidos, a los que solo les interesa preservar el modelo económico; amedrentamientos a los que han decidido su voto por Humala tildándolos de chavistas irresponsables. Miradas de desprecio a los que nos hemos inclinado por el viciado. Y en medio de este laberinto, mucha gente desconcertada, sintiéndose culpable por la elección que ha tomado, sin tener la menor certeza de si lo que está haciendo va a ser bueno para el país o para los suyos.

Basta ya. Está claro que esta no era la final soñada, pero ya que pasamos por un proceso tan desgastante, cuyo resultado dejará molesta a buena parte de la población, deberíamos, por lo menos, aprovechar este laberinto para hacer un serio ejercicio de reflexión sobre lo que nos ha pasado como sociedad para que esas miserias que hoy nos definen y siguen irresueltas dejen de explotarnos en la cara en futuros procesos electorales. A ver, encaremos de frente algunas verdades:

En primer lugar, dejémonos de frivolidades; el discurso de “El Perú avanza” se ha vuelto insensible y casi cachaciento para un sector importante de la población que sigue viviendo en condiciones precarias e injustas. No puede ser que insistamos en explicar el desarrollo en términos de cuántos celulares hay en el Perú, cuando todavía hay niños que se van a dormir con hambre o mueren de frío. Sería necio no reconocer que los índices de pobreza se han reducido en estos años, pero los resultados aún son insuficientes. Por ejemplo, en la sierra rural, la tasa de pobreza bordea la escandalosa cifra de 60%. Es decir, seis o siete de cada 10 peruanos son pobres en las zonas más deprimidas del país, y no solo tienen que vivir sin agua, educación, médicos, alimentos, sino que tienen que escuchar todo el día lo bien que le va al resto.

En segundo lugar, ya es hora de que nos asumamos racistas. Nos encanta tratar el racismo como un hecho aislado que solo se materializa en programas cómicos de mal gusto. Mentira. Esta campaña ha desnudado la verdadera naturaleza de una sociedad marcada por la diferencia y la discriminación. Las redes sociales se han visto inundadas de mensajes ofensivos e insultos que apelaban al color de la piel del adversario, su supuesta ignorancia y su grado de civilización para descalificarlo como peruano. Nadie espera que, en una campaña electoral, los militantes de distintos grupos políticos se traten con cariño, pero esgrimir este tipo de insultos da cuenta de una sociedad en la que sus individuos se niegan a mirarse como iguales.

En tercer lugar, reconozcamos que, después de la nefasta década de los 90, no hemos aprendido la lección. Y no solo porque hayan llegado a la recta final la hija de Alberto Fujimori, hoy preso por delitos de lesa humanidad y corrupción, y un ex militar con serias imputaciones por presuntos crímenes cometidos durante la lucha antisubversiva, sino porque lo que debieron ser temas de reflexión nacional, con políticas serias de reparación, se han vuelto moneda barata de discusión durante esta campaña. Los fujimoristas se han esmerado en hablar de errores y no de delitos, las víctimas de esterilizaciones forzadas han sido objeto de desdén y ninguneo, las personas que reclaman justicia en Madre Mía han sido ignoradas. Y no solo ha sido pobre y patética la respuesta de los candidatos sobre estos gravísimos casos, sino que la prensa y la sociedad han demostrado que solo les interesa ventilarlos si de hundir a un candidato se trata.

En resumen, estas elecciones nos han obligado a mirarnos al espejo, y la imagen que hemos encontrado es la de una sociedad fragmentada, poco solidaria, discriminadora, injusta. La pregunta es: ¿qué haremos esta vez por cambiarla?, ¿obligaremos a quien salga elegido a gobernar para todos?, ¿o nos conformaremos con seguir viviendo en una sociedad dividida por la desigualdad, el desprecio y el ninguneo? Ya veremos.