las cosas claras, señor presidente

¿Están todos los Presidentes locos?

Publicado: 2011-08-21

No hay grandeza sin locura. Ese al menos parece ser el axioma de Nassir Ghaemi tras la publicación de su libro "Una locura de Primer nivel - Descubriendo los vínculos entre el liderazgo y la enfermedad mental". El estudio es una exploración sobre las personalidades y comportamientos de varios líderes -los vivos y los muertos- y su cercana relación con la política y sus injerencias en el ámbito público. Por el sofá de Ghaemi pasan Presidentes como Lincoln y Kennedy, el Primer Ministro Churchill, líderes como Ghandi y Martin Luther King, y frente a ellos parece pulular una serie de hipótesis y teorías mentales que quizá fueron necesarios para las grandes y difíciles decisiones que llevaron a cabo. Depresivos, bipolares, esquizofrénicos. No hay líder que se salve de la ecuanimidad y la cordura. Thomas Mallon de The New York Times reseña el libro de Ghaemi y, si bien cuestiona algunos acercamientos del autor, vale la pena repasar algunos párrafos y darle una mirada a la salud mental de ciertos líderes históricos. Tal vez algún especialista en trastornos mentales se anime a realizar un estudio especializado sobre los Presidentes peruanos, los de antes y los de ahora, los de la época Republicana y los del siglo XXI. Quizá la realidad de nuestro país sea la causa del mapa mental de nuestros líderes a lo largo del tiempo.

Aquí un extracto del artículo de Thomas Mallon.

Después de examinar los antecedentes psicológicos de los pocos líderes vivos y de una de poderosa necrópolis entera, Nassir Ghaemi, director del Programa de Trastornos del Humor en la Tufts University Medical Center, está listo para anunciar un vínculo entre la locura y los logros que suelen reservados para los poetas, no para los primeros ministros: "La depresión hace a los líderes más realistas y empáticos, la manía los hace más creativos y flexibles". Puede sonar bien para períodos de viento en popa, pero Lincoln y un poco de locura son las entradas cuando los mares se tornan difíciles. "Para los desafíos anormales", insiste Ghaemi, "los líderes anormales son necesarios". El texto sólo hace una referencia al actual presidente, y nos advierte que mientras "ningún drama puede ser considerado el epítome de la salud mental de Obama, hay que recordar que la moderación psicológica" no es la receta para la grandeza.

Los "episodios depresivos" de Abraham Lincoln son bien conocidos, y sus implicaciones políticas han sido objeto de un  reflexivo tratamiento prolongado, más recientemente por Joshua Wolf Shenk en “La melancolía de Lincoln. Por el contrario, la afirmación de Ghaemi de que “la depresión conferida a Lincoln... el realismo y empatía que ayudaron a hacer de él un líder excelente crisis" no va acompañada de la más mínima prueba o persuasión. El presidente norteamericano está dentro y fuera del sofá en el espacio de nueve páginas que pasan zumbando como una única sesión de 50 minutos. Ghaemi tiene que llegar a otros dos depresivos empáticos - Mahatma Gandhi y Martin Luther King - quienes están en su sala de espera.

Utilizando los "cuatro indicadores" que a él le gusta aplicar a los muertos - de los registros disponibles de "síntomas, genética, evolución de enfermedad y  tratamiento" - ve a Gandhi como un ser de "personalidad distímica” que envolvía “la depresión crónica leve y la ansiedad”. La práctica de Ghandi de resistir a la violencia bien puede haber derivado de su psicología, pero Ghaemi tiende a malinterpretar lo que él llama la "empatía radical" de Ghandi, viendo como poco más que buenos sentimientos hacia sus enemigos en vez de una capacidad mental para ponerse en sus zapatos. En el caso de King, el autor señala una verdadera "enfermedad mental" en el trabajo, incluyendo la depresión clínica hacia el final de su breve vida. Pero el análisis de Ghaemi no es ayudado por el único camino de sus principales fuentes, el Dr. Alvin Poussaint, compañero de derechos civiles de King, así como profesor de psiquiatría, quien no considera la depresión como un factor importante en el comportamiento de King. Y es muy débil de hecho al tomar una observación improvisada por el reverendo Joseph Lowery - sobre cómo los derechos civiles de los manifestantes, frente a los enormes peligros, King necesitaba estar "un poco loco" - y ofrecerlo como una pieza de evidencia médica. Uno se pregunta si, en su exploración de la empatía, Ghaemi podría haber hecho mejor con figuras menos trascendentes como Gandhi y King. El juicioso, terrestre Bill Clinton, con su capacidad de marca para sentir el dolor de uno, viene a la mente, pero apenas entra en la habitación del autor de consultoría.

Si la depresión ayudó a Gandhi y King a participar con sus visiones, Ghaemi cree que la experiencia de Churchill del "perro negro" le enseñó el "realismo político". Alcohólico y quizás bipolar, el primer ministro británico tenía la agitación de múltiples estados de personalidad ciclotímica. Churchill, sostiene Ghaemi, nunca fue “él mismo, porque su yo iba cambiando”, en una agotadora serie de alteraciones y adaptaciones. Allí estaba la razón de por qué Churchill vio a través de Hitler algo que su antecesor no pudo. "Chamberlain estaba mentalmente sano", concluye Ghaemi, "mientras que Churchill estaba claro que no".


Escrito por

Edwin Chávez

Co-fundador @lamula. (Post)estructuralista, narrador sci-fi, cuentista metaliterario, pixel-prototipeador, {css: lover}, poeta [01]nario.


Publicado en

Redacción mulera

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