Hasta siempre Ricardo Quesada.

Publicado: 2011-10-04

Por: Jinre Guevara Díaz.

04.OCT.2011

Ayer en la noche me enteré la triste noticia de que el poeta y amigo Ricardo Quesada murió el sábado último en algún paraje cercano a la ciudad de Huancayo. Al parecer, no se saben las circunstancias, algunos amigos manifiestan que él decidió poner fin a su camino.

Me dolió mucho enterarme de su partida. Recuerdo bien al poeta de trato gentil, sencillo como pocos, perseverante en su arte. Un día decidió viajar sin descanso por otros países y terminar sus travesías por el interior del Perú, desde cada rincón siempre recibíamos sus correos, sus nuevas creaciones literarias, sus fotos que nos hablaban de un tipo apasionado por la vida; pero hace unos días llegó a su paradero final.

Tuve la suerte de ser considerado su amigo, guardo de él decenas de Collage Poéticos de su producción titulada "DESAKATO", además su logrado libro "Blue Moon of  Kentacky", con una bella dedicatoria, generado en EE.UU. y que guarda sentidas inspiraciones producto de su vida itinerante planificada a su modo.

Recuerdo el día que lo conocí hace ya muchos años, yo me encontraba caminando por el Jirón Quilca en el centro de Lima junto a nuestro común amigo el pintor Orlando Ocampo, Orlando lo llamó desde lejos: "ey poeta",   Ricardo atendió al llamado y detuvo su pasó para saludarnos con su inseparable amabilidad y timidez. Reconocí en él a una persona que prestaba suma atención a las conversaciones por mas que estas fueran breves, nos dimos la mano y luego se despidió no sin antes obsequiarnos unos ejemplares de su ya fecunda producción poética a modo de Collage, con atrevimiento le pregunté si tenía algún costo, en ese instante me enteré que Ricardo  tenía por norma compartir su arte, no venderlo.

Al poco tiempo nos volvimos a encontrar en el bar Queirolo ubicado entre los Jirones Quilca y Camaná en donde compartimos muchas charlas amenizadas a veces con canciones y poesía, otras veces lo encontré en algunos conciertos de música peruana en la Escuela Superior de Folclor José María Arguedas, otras tantas en el Centro Cultural El Averno. En todas estas oportunidades  siempre reconocí a quien era poeta a tiempo completo. Al preguntar sobre su vida, un día me dijo con emoción sin par que irradiaban sus ojos a través del vidrio de sus gafas: "Yo quería escribir, yo había decidido vivir para escribir", escena que recuerdo bien cuando conversamos en la que era en ese momento la  casa de Piero Bustos, ese otro gran amigo común.

Fueron muchas las veces que compartimos diferentes circunstancias, recuerdo que en alguna oportunidad nos programó al Trío Los Cholos dentro de un recital poético en el Yacana Bar y nunca olvidaré su dedicada atención a lo que interpretábamos, sus ojos fijos y su seria mirada las mismas que podrían no guardar relación con el bullicio que inundaba del bar.

Tuve la oportunidad de compartirle las producciones musicales del Trío Los Cholos que recuerdo fueron de su aprecio y de sus generosos comentarios, a él le debemos la difusión de dichos trabajos entre sus amistades en EE.UU.  y la posibilidad de que una melodía, al igual que un poema, pueda llegar a paraderos insospechados.

Cultivamos una amistad que hubiese deseado sea más prolongada y constante, yo lo apreciaba mucho y aprendí a sentir por él gran admiración pues veía en su vida lo que muchos deseamos hacer y a veces no podemos del todo. En una oportunidad me dijo que tenía un regalo para mí (como si no fuesen suficiente todas las creaciones poéticas que nos regalaba en cada encuentro), me contó de un instrumento musical de cuerdas que lo había heredado de su abuelo, pasando por su padre y que en ese momento él poseía y atesoraba mucho, era un "Ronroco", un instrumento de cuerdas  como un charango gigante, hecho de caparazón de Armadillo. Había decidido regalármelo como detalle de su amistad. El día que me lo entregó me dijo que lo hacía con mucho respeto y que se desprendía de un objeto valioso para él, pero que deseaba que yo lo conservara en señal de nuestra amistad.

Ricardo Quesada.

Foto: Armando Arteaga.

El último sábado, me encontraba en mi casa revisando y ordenando algunas cosas, en ese momento la vista me llevó casi a la fuerza hacia ese instrumento musical que Ricardo me regaló, recuerdo que en ese momento pensé en él y en el instante que me lo entregó y las palabras con que lo hizo; yo no sabía aún que Ricardo había partido para siempre, el misterio de la vida me jugó sus señales para decirme que algo pasaba con el poeta.

En los últimos tiempos, nos encontramos con Ricardo en el C.C. EL Averno, y la verdad, lo vi deprimido, noté en él una carga que no sabría explicar, recuerdo que le pregunté cómo se encontraba y me dijo:"mal, la cosa no anda bien, pero, tranquilo, no te preocupes", no pude conversar más con él; no sabía que aquellas serían las últimas veces  que lo vería en esta vida.

Ricardo Quesada, hombre de delgadez notoria, de mirada seria, lentes gruesos y pequeños, cabello crecido, con sombrero o gorrita, con su bolsa que a veces me daba la impresión te confundía con un pintor, persistente y apasionado, y como dijera el poeta Domingo de Ramos, “un poeta que nunca tranzó” ni puso en juego su vena poética. Te recuerdo con cariño, como ejemplo de lo que es un ser humano entregado al oficio de sentir la vida escribiendo, quisiste ser poeta y lo fuiste en cada instante de tu vida. De andar sereno y modestia sin esfuerzos, tu trabajo puesto al servicio de los demás es un ejemplo y la fecunda contraposición para un sistema que confunde frecuentemente el valor con el precio, irreverente desde tu anarquismo inconforme contra las agresiones al ser humano, contra un medio que adula el absurdo exitismo y al "número uno" grotesco.

Ricardo, amigo, gracias por tu amistad, por conocerte, me duele tu partida.

Gracias por enseñarnos que una de las formas de vivir la vida, es vivir sin detenerse.

Hasta siempre Poeta nuestro.