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El derecho a la vida - Marge Piercy

Publicado: 2011-12-22

 

Una mujer no es un árbol de peras

inconciente y fecundo del que caen los frutos

al mundo. Hasta los perales

se llenan un año y descansan al siguiente.

En los huertos descuidados cae la fruta

tibia y madura en el pasto, y los árboles se elevan

nudosos para regalo de los pájaros, a cuarenta pies de altura

entre espinas de una pulgada de largo,

que estallan con atavismo en la suave madera.  

Una mujer no es una canasta en la que escondes

tus panecillos para mantenerlos calientes. No es una gallina

ponedora bajo la que deslizas huevos de pato.

No es la bolsa donde guardas el dinero

de tus hijos para usarlo después en tus guerras.

No es un banco donde tus genes ganan intereses

y mutaciones interesantes bajo esta lluvia

sucia. Tú tampoco lo eres.  

Siembras maíz y lo cosechas

para comer o vender. Llevas las ovejas

a engordar a los pastos para enviarlas después

al matadero, por la carne. Partes la montaña

en dos para abrir un camino, excavas

las altas mesetas por carbón y dejas las aguas

barrosas por millas, por años.

Y los peces mueren, pero no son tuyos

hasta que te los quieres comer.

Pero ahora quieres legislar derechos mineros sobre la mujer.

Reclamas títulos sobre sus pastizales, para engordar el ganado;

sobre sus campos, para cultivar bebés como si fueran

lechugas. Y amas a los niños tan profundamente

que ninguno sufre hambre, ninguno llora

sin que le atiendan cuando la madre

trabaja, a ninguno le falta fruta fresca,

ninguno mastica plomo o tose hasta morir.

Y tus orfanatos están vacíos. Seguro que cada mediodía

tus mejores restaurantes le sirven bistec a los niños pobres.

En este mismo momento, a las nueve, una partera

le hace, sobre una mesa, un aborto

a una madre soltera de Texas que no puede obtener ayuda

del seguro. En cinco días morirá

de tétanos, y su niña llorará

y será llevada lejos. En la casa de al lado, el marido

y la mujer le clavan alfileres al hijo

que no quisieron. Y le explicarán

por horas lo malo que es,

y cómo le hace falta un poco de disciplina.

Todos nacemos de mujer, en la rosa

del vientre mamamos la sangre de la madre

y cada bebé que nace tiene el derecho de que lo amen,

como cada planta tiene derecho al sol. Cada niño que nace

sin amor es una deuda que ha de cobrarse

en veinte años con intereses, un odio

en busca de su blanco, un dolor

que causará dolor. Diez años de agua bajo los puentes

un niño grita, una mujer cae, una sinagoga es incendiada,

se forma un pelotón de fusilamiento, se aprieta

un botón rojo y el mundo arde.

Yo escojo lo que entra en mí; lo que se vuelve

carne de mi carne. Sin mis opciones, no viven la política

ni la ética. Yo no soy tu campo de maíz

ni tu mina de uranio; no soy tu ternera

de engorde, tu vaca de leche.

No me usarás como fábrica.

Los curas y los congresistas no son dueños

de acciones sobre mi vientre o mi mente.

Este es mi cuerpo. Si te lo doy

quiero que me lo devuelvas. Mi vida

es un derecho no negociable.

De “The Moon is Always Female” Traducción - Eduardo González Cueva


Escrito por

Eduardo Gonzalez

Descendiente del gitano Melquíades. Vendo imanes. Opino por mi y a veces por mi gato.


Publicado en

La torre de marfil

Blog de Eduardo González Cueva