La Cuba que Camila Vallejo no quiso ver

Publicado: 2012-04-09

Escribe: Yoani Sánchez para el diario La Tercera (Chile).

El timbre del móvil sonó nervioso y yo di un salto en la silla. Llevaba más de una semana con el servicio telefónico prácticamente interrumpido y de pronto aquel pequeño artilugio de teclas y pantalla daba una señal de vida. "Camila Vallejo llegará mañana a La Habana", me dijo una voz al otro lado de la línea y colgó. Después de los días vividos durante la visita de Benedicto XVI a Cuba, confieso que la noticia del nuevo arribo no me provocó muchas expectativas. Aun tratábamos de completar los reportes de detenidos durante las jornadas papales y la sala de mi casa era un hervidero de amigos contando historias de calabozos y arrestos domiciliarios. La vicepresidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech) llegaba en un mal momento, alcancé a pensar. Pero después caí en cuenta que recién comenzaban los festejos por el 50 aniversario de la Unión de Jóvenes Comunistas y todo empezó a ganar sentido. Las dos islas en las que habito se mezclaron en mi cabeza: la Cuba de las celebraciones oficiales con sonrisas y consignas y, la otra, la de disidentes metidos a la fuerza en un auto e impedidos de llegar a una misa católica.

Seguirle la pista a Camila Vallejo una vez llegada a nuestra capital iba a ser difícil, casi imposible, lo sabía de antemano. Por un lado estaba el círculo de protección -y control- que la rodeaba a ella y por otro las "largas sombras vigilantes" que me siguen a mí a todas partes.

Para hacerlo más difícil, los eventos incluidos en su agenda ocurrirían en el interior de instituciones educativas o políticas, donde el público es cribado entre los más confiables. Así que Camila y yo transitábamos por dos dimensiones que pocas veces se tocan, por dos mundos separados e incomunicados, entre los cuales todos los puentes han sido dinamitados. Pero quedaba al menos un terreno donde algún tipo de diálogo sería posible. Tomé mi teléfono móvil, el mismo que había vuelto a la vida sólo unos días antes. Escribí un pequeño mensaje de texto y lo mandé al número de servicio de la red social Twitter, camino accidentado y a ciegas que usamos numerosos cubanos para narrar la isla en trozos de 140 caracteres. "Como me gustaría hablar con @Camila_Vallejo pero el cerco oficial alrededor de ella es inexpugnable", rezaba mi breve trino hacia el ciberespacio.

Para ese entonces ya dos hombres de camisas a cuadros me habían impedido acercarme al Aula Magna de la Universidad de La Habana, donde se presentaba su libro Podemos cambiar el mundo. Al aproximarme uno de ellos me interpeló: "Piérdete, que aquí no vas a poder entrar".

Confirmé entonces que no habría peluca rubia ni bigote tupido que me sirviera para camuflarme y colarme en el local. Me resigné.

Unas horas antes de que mi tweet apareciera en la gran telaraña mundial, Camila Vallejo compartía con un grupo de jóvenes de la Universidad de Ciencias Informáticas. Rostros sonrientes, aplausos y admiración recibieron en oleadas tanto ella como Karol Cariola, la secretaria general de las juventudes comunistas chilenas.

En el auditorio decenas de jóvenes prestaban una muda atención a sus historias sobre la situación de la educación en Chile, las demandas escolares y los detalles de las protestas en las calles. Una Federación Universitaria que no ha podido organizar una sola marcha espontánea en 53 años, oía las anécdotas de asfalto y huelga que les llegaban desde el sur.

Entre quienes escuchaban estaban -sin dudas- las mayores promesas informáticas de nuestro país, pero también los policías tecnológicos que rastrean la web. Allí estaba la crema y nata de la llamada "Operación Verdad" que se encarga de denigrar en internet a quienes tienen opiniones contrarias al sistema y atacan sitios críticos al gobierno de la Isla.

Camila y Karol platicaban frente a nuestros soldados virtuales, ante nuestros antimotines del pensamiento. Esos que no usan balas de gomas, sino insultos, no lanzan chorros de agua sino estigmatización e injurias sobre el desamparado inconforme.

El resto de los encuentros terminó por marcar el carácter estrictamente oficial de la visita de la carismática Camila Vallejo a nuestra patria. Intercambió opiniones y abrazos con la secretaria general de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba, la más gris entre todos los obedientes dirigentes que ha tenido esta organización.

La chilena se veía aún envuelta en el glamour que siempre la acompaña, pero sometida al protocolo encartonado y obediente de su contraparte cubana. Curiosa paradoja, de la postura antihegemónica en su país, Camila pasaba a compartir la palabra y la sonrisa con la hegemonía del pensamiento oficial cubano.

También estrechó las manos del actual presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, Carlos Alberto Rangel, quien ostenta el triste papel de no representar los intereses del estudiantado frente al poder, sino a la inversa.

De manera que el dirigente de una organización sin autonomía se tomó la foto junto a la prometedora figura que en 2011 sacudió la realidad de Chile y levantó a su paso fuertes simpatías y antipatías en el resto del continente y del mundo.

La FEU cubana trataba de esa manera de sacar partido a la aureola irreverente que acompaña a Camila Vallejo, consciente de que la desobediencia es una postura que hace cinco décadas no resuena sobre la amplia escalinata de la Universidad de La Habana.

Cada estrechón de manos que le dieron esos cuadros formados en el oportunismo, fue como un ritual urgente para apropiarse de su imagen de joven rebelde. Sin embargo, siempre que la miraron a los ojos se percataron que de haber nacido ella aquí, hubieran tenido que empujarla -sin clemencia- al exilio, a la cárcel o a la simulación.

En su blog personal, Camila Vallejo había atizado el fuego de la polémica antes de arribar a la mayor de las Antillas. "Cuba no es una sociedad perfecta, ni Chile tiene por qué seguir su camino", dictaminó y esa sola frase ya marcaba una distancia con relación a los más rancios postulados de nuestro discurso oficial. Pero también cometía el error de identificar -como tantos hacen- a nuestra patria con el gobierno que la dirige, a nuestra nación con la ideología en el poder. Camila quiso compartir con sus lectores una reflexión "sobre lo paradójico que resulta el discurso de quienes critican con tanta rabia a Cuba o a quienes sienten cariño y respeto por ella", sin percatarse que en esa afirmación estaba incurriendo en una confusión tan difícil de extirpar como las raíces del marabú sobre tierra cubana. Los reproches que tanto abundan no van dirigidos a nuestra identidad nacional, ni a las palmas que crecen en las llanuras ni a una cultura que ha dado en los tres últimos siglos escritores, artistas y músicos de dimensión universal. Las opiniones contrarias no van "a por Cuba" sino dirigidas a un gobierno que ha penalizado la discrepancia y ha secuestrado nuestra voz. Si no se desmonta el entuerto de identificar a millones de personas que habitan esta isla con una sola ideología, entonces seguirá ocurriendo la triste situación de que ciudadanos nacidos aquí sean llamados "apátridas" o "anticubanos" por tener opiniones políticas diferentes a las del Partido Comunista.

Para debatir precisamente sobre estas sinrazones y equívocos invité a Camila Vallejo a tomarse un café. Lo hice vía Twitter, porque soy consciente de que intentar dirigirle la palabra en público sería tomado -cuando menos- como un atentado. Pero pasaron las horas y la señal de un posible encuentro nunca llegó.

Una semana antes Benedicto XVI tampoco había accedido a escuchar otras voces de nuestra ilegalizada sociedad civil. Las Damas de Blanco le habían pedido a Joseph Ratzinger un minuto de su tiempo, a cambio el gobierno cubano arrestó a muchas de ellas e impidió salir de sus casas a otras tantas.

Con la recién llegada estudiante de Geografía no era necesario desencadenar una ola represiva al estilo de la ya conocida como "Operación Voto de Silencio", bastaba encerrar a la visitante en un círculo oficial del que no pudiera salirse. La rebelde Camila obedeció esas reglas.

Después supe por la prensa que -al igual que el Papa- ella había estado conversando con Fidel Castro. La habían llevado a ese lugar cuasi secreto y resguardado desde donde el anciano ex presidente escribe sus largos y delirantes textos. El patriarca de la revolución cubana recibía a la joven que por un rato logró contagiarlo con su aura de juventud, de futuro.

El mismo Comandante en Jefe que desmontó todo rastro de independencia estudiantil -atenazándola con controles, informantes y purgas- declaraba su simpatía por las historias de rebeldía que le contaba Camila Vallejo.

El hombre que se destacó en sus tiempos de universitario por su tendencia a la confrontación con el poder, terminó cortando todos los caminos para que los jóvenes de hoy no le hagan lo mismo a él. Quien se desgañitó en sus años mozos gritando "Abajo la dictadura", terminó creando otra e impidiendo las consignas antigubernamentales. Del encuentro con él salió la vicepresidenta de la Fech declarando que "todas las reflexiones que haga Fidel constituyen luz y esperanza para Chile". Quedaba claro que intercambiar ideas y sorbos de café sobre mi mesa ya era un imposible. La Cuba oficial había abducido a Camila Vallejo.

Tomé el móvil nuevamente, mi único e inmediato camino para opinar en un país donde gente como yo nunca tendrá un minuto en la televisión, ni espacio para unas líneas en los periódicos nacionales. Mandé otro mensaje ya sin muchas esperanzas: "Ayer @Camila_Vallejo se entrevistó con Fidel Castro. ¿Tendrá un minuto para jóvenes irreverentes y contestatarios?". Hasta el momento en que escribo estas líneas, no sé si ha podido leerlo o si también ella está sufriendo los problemas de falta de conectividad a la internet que padecemos tantísimos cubanos. Nada más enviar aquella invitación un ring ring frenético resonó en mi bolsillo. Confieso que al instante creí se trataba de una llamada de esa veinteañera de rostro perfecto y hablar apasionado que milita en el Partido Comunista de Chile. Pero en realidad la voz que se escuchaba al otro lado era de una joven desesperada por las detenciones en el Oriente del país. Quería narrarme cómo la policía política allanó la casa de un disidente y se lo llevaron junto a su esposa, varios colegas de lucha y una buena parte de los papeles y libros que encontraron a su paso. Me contó también sobre las tres hijas del matrimonio que quedaron a cargo de la abuela, hasta tanto se sepa si a sus padres los van a procesar por algún delito o sólo es una detención intimidatoria para que desistan de expresarse. La otra Cuba que no le habían enseñado a Camila Vallejo irrumpía en mi teléfono, me reclamaba mayor atención y mayor responsabilidad que el jugueteo periodístico de perseguir a una delegación que sólo se movía por espacios seguros, filtrados. No pude determinar la edad de la mujer que me había llamado y que me describía la ola represiva en Palma Soriano y Palmarito del Cauto. Nunca supe si era mestiza, negra o blanca; joven, madura, vieja… Pero en mis fantasías yo la veía con un aspecto casi perfecto, esculpido con una maestría de escultura griega. Mientras hablaba, yo construía en mi mente unos pómulos y un mentón de revista, una cabellera castaña de sueños, una juventud a prueba de desánimos. Pero un sollozo rompió mis divagaciones, un lloriqueo en la línea telefónica deshizo aquella cara de proporciones perfectas y me enfrentó al semblante descompuesto de la Cuba real. ¡Cómo hubiera querido que Camila Vallejo también lo hubiera visto!