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¿Hemos superado Bagua?

Publicado: 2012-07-03

Por Alfredo Quintanilla

Las víctimas de las masacres de Curva del Diablo e Imacita de hace tres años, hasta ahora no encuentran justicia y reparación. Bueno es recordar que las familias que lloran sus muertos no sólo son peruanas-awajún sino son de policías mestizos que también son peruanas. Esta verdad de Perogrullo necesita ser recordada y subrayada porque en el clima político que vivimos pareciera que sólo los muertos de un lado son las víctimas. Y esto no es muy diferente del proceso del conflicto armado que todos padecimos por casi dos décadas. Porque con el argumento, esgrimido oficialmente por las Fuerzas Armadas,  de que los senderistas-terroristas atacaron al Perú, no vamos a llegar a ninguna verdad ni a ninguna reconciliación. Porque si a otros seres humanos se ataca como a enemigos de la Patria o de la clase revolucionaria, toda masacre de uno y otro lado, quedaría a fin de cuentas, justificada. Por eso es que senderistas y militares recalcitrantes no entienden la perspectiva de los defensores de los derechos humanos. Y esta lógica parece prolongarse todavía al encarar conflictos duros y sangrientos como el de Bagua, con el ingrediente añadido, esta vez, de los llamados derechos indígenas.

La emergencia y multiplicación de organizaciones sociales que se reclaman indígenas: amazónicas en primer lugar (awajunes, asháninkas, shipibos y decenas más), pero también andinas como los aymaras, quechuas, wankas, waris, chankas y hasta puquinas, no debiera ser vista como el resultado del afán manipulador de ONG extranjeras o del reciclamiento de agitadores comunistas (1) cuya profesión sería desestabilizar al gobierno de turno y agudizar las contradicciones sociales. Más bien, debiera ser visto como el síntoma de algo más profundo: la identidad peruana no es abarcadora, no unifica; para algunos -o muchos- es excluyente,  sectaria, por responsabilidad principal de los que han administrado el Estado criollo desde el siglo XIX. A ese convencimiento parece que llegó Ollanta Humala en el 2005 cuando levantó la bandera de combatir la exclusión social y económica, aunque no se compró el discurso de Evo Morales o de Correa, pues, como es evidente, el indigenismo en el Perú no tiene el desarrollo social y político que ha alcanzado en nuestros países vecinos. Pero también, porque, habiendo salido de los cuarteles, Humala se ha formado en la tradición patriótica nacional, mestiza e integradora que alcanzó su apogeo durante el gobierno militar 1968-80.

José Carlos Mariátegui escribió en 1928 que  el problema del indio, de su situación de semisiervo, de su miseria, de su ignorancia y taras como el alcoholismo, era el problema de su carencia de tierras. Sólo a la vuelta de 40 años, con la reforma agraria del gobierno militar, se puede decir que se sentaron las bases para la emancipación económica de los indios campesinos, que en el caso de Bolivia había empezado veinte años antes. Sin embargo, la emancipación social y cultural se había iniciado aquí en los años 30, con la construcción de carreteras, la castellanización y la reivindicación de la escuela, como recuerda Carlos Iván Degregori, recuperando las enseñanzas de los hallazgos antropológicos de Arguedas.  Sin embargo, el derecho a la ciudadanía política les fue reconocido tarde; recién en la Constitución de 1979, se otorgó el derecho al voto a los indios y mestizos analfabetos.

Los caminos transitados por los indios para reivindicar sus derechos en el Perú han sido distintos de los que han seguido los indígenas ecuatorianos o bolivianos. Los indios peruanos han luchado por ser iguales, no por ser diferentes, que es la gran reivindicación de todos los indigenismos. Quien esto escribe está convencido que la perspectiva de José María Arguedas es la que nos puede sacar del embrollo, ¿y cuál es esa perspectiva? que los indios del Perú no son ya los mismos que los pueblos originarios. Como tampoco se puede decir que los criollos descendientes de los conquistadores sean ellos, ni que los negros de hoy son los mismos que los africanos.

A lo largo de siglos, indios, negros y españoles (que a su vez eran una mezcla de árabes, godos, celtas y romanos,) nos hemos ido fundiendo en una nueva identidad nacional mestiza. Esa nueva identidad mestiza es el peruano de hoy cuya identidad política es la ciudadanía democrática, la que no niega el respeto por identidades diferentes de grupos minoritarios que se asumen como indígenas. Ya no somos más pongos y gamonales, esclavos y amos, no somos castas inmóviles definidas por el color de la piel; todos somos peruanos, con los mismos derechos y los mismos deberes. Por eso decía Arguedas que no era un aculturado, que no renegaba de su pasado indígena sino que se sentía orgulloso de él, de su quechua y de sus huaynos, pero también se sentía identificado con el castellano y el cristianismo y con las maravillas de la cultura occidental.

Esos avances en la construcción de una nación peruana mestiza sufrió tremendo retroceso cuando un criollo escribió que la Amazonía está desierta, no tiene dueño particular sino un supradueño que es el Estado representativo “de todos” y los pocos habitantes que allí parasitan actúan como “el perro del hortelano”: no aprovechan ni dejan aprovechar sus riquezas. Ese discurso sectario y prepotente fundamenta cualquier acción de fuerza contra los egoístas que impiden el bienestar nacional. Esta no es sino la versión reciclada y light de las ideas del General Custer, Buffalo Bill y  Sarmiento que en Estados Unidos y en Argentina, justificaron el exterminio de los pueblos indígenas y el saqueo de sus tierras en el siglo XIX. ¿Si se sigue a Alan García, con qué autoridad moral se puede reclamar contra indigenismos extremos que introducen la cizaña de la división?

El caso de la marcha de los indígenas opuestos a la construcción de una carretera que el gobierno de Evo Morales pretende hacer en el Parque Nacional Isidoro Sécure en el noreste amazónico boliviano, nos muestra los riesgos de un indigenismo poco democrático que cuando llega al poder,  termina mordiéndose la cola, aplicando el racismo contra los indígenas más débiles, incumpliendo las propias leyes antidiscriminatorias que en su momento impulsaron y lograron hacer aprobar por el poder criollo (2)

Si una posibilidad para superar la tragedia de Bagua es que se reconozca la propiedad del subsuelo a las comunidades campesinas e indígenas amazónicas (3); la clave está en que las organizaciones indígenas no tienen por qué recusar la democracia política como conquista de los pueblos del mundo y no sólo de los europeos, matriz de igualdad para dar la pelea de fondo contra el racismo.

Notas:

1)    Se cita el caso del líder político Hugo Blanco, quien desde hace algún tiempo declaró su renuncia pública al marxismo eurocentrista y al trotskismo,  para adherirse al indigenismo como perspectiva ideológica y programa político.

2)    La información puede verse en el diario español El País en el siguiente enlace: http://internacional.elpais.com/internacional/2012/06/14/actualidad/1339...

3)    Sobre este tema, puede verse mi artículo “Conga: a desatar el nudo” del 18 de abril en noticiasser.pe

Noticia relacionada: "A tres años del Baguazo", http://www.noticiasser.pe/08/06/2012/nacional/tres-anos-del-baguazo


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