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Un mundo revelado: la fotografía de Nicolás Torres

La Mula conversó con el fotógrafo Nicolás Torres y el curador Alfredo Villar sobre la muestra “El pueblo es una nostalgia que algún día vencerá”, que reúne por primera vez, en el contexto de la Bienal de Fotografía, una porción sustancial del trabajo de Torres.

Publicado: 2014-06-21

Durante más de tres décadas, el fotógrafo Nicolás Torres ha documentado la vida de la comunidad de Cajamarquilla - Huachipa, ubicada cerca de la Carretera Central. De formación autodidacta, Torres se inició en la fotografía a principios de los ochenta para ganarse la vida, recorriendo con su lente inquieto desde bautizos hasta funerales, pasando por polladas, matrimonios, conciertos chicha y juergas entre amigos. 

Su talento natural para la composición y para la captación de la exuberante cultura popular que se estaba desarrollando alrededor de él hizo muy pronto de Torres un fotógrafo solicitado por innumerables vecinos, empresarios y organizadores de conciertos. Hoy, su singular (y enorme) archivo de fotografías a color está empezando a recibir también la atención de curadores y especialistas de la fotografía a nivel nacional e internacional.  

Hace poco, por ejemplo, 50 fotografías suyas fueron seleccionadas por el prestigioso curador francés Alexis Fabry para formar parte de la exposición Urbes Mutantes: Latin American Photography 1944–2013, que reúne lo mejor de la fotografía de la región y se exhibe actualmente en el International Center of Photography (ICP) de Nueva York.

Además, como parte de las actividades organizadas en el contexto de la segunda edición de la Bienal de Fotografía de Lima, se acaba de inaugurar en la Sala 770 del Centro Cultural Ricardo Palma su primera muestra individual, titulada El pueblo es una nostalgia que algún día vencerá, bajo la curaduría de Alfredo Villar.

La muestra, imperdible en mi opinión, va hasta el 8 de agosto. 


Alfredo, tú vienes haciendo desde hace algunos años una serie de exposiciones de acercamiento a las prácticas artísticas populares – la última fue “A mí que Chicha”, el año pasado, donde incluiste fotografías de Torres, entre varios otros fotógrafos. ¿Qué es lo que te ha motivado a emprender esta línea de investigación y cuál es el lugar que ocupa la obra de Nicolás Torres en este contexto?

Alfredo Villar: En realidad a mí siempre me han interesado los artistas que no son llamados artistas, la gente que trabaja en el arte, más que la gente que quiere vivir del arte. Son personas con una perspectiva muy cotidiana del arte, y que lo trabajan de una manera no tan profesional, pero sí con mucha dedicación, con mucha pasión, como los aficheros chicha, los rotulistas populares o los fotógrafos vernaculares como el señor Torres, que es un fotógrafo básicamente comercial, de encargo, que toma fotos para ganarse la vida. 

Creo que en este tipo de prácticas hay un acercamiento mucho más veraz, más vital hacia el fenómeno del arte que lo que sucede en el mundo del arte contemporáneo, posmoderno, burgués, que es un arte básicamente elitista, separado de la vida cotidiana de la gente, excesivamente mental, excesivamente post todo, al que ya no le interesa realmente el ser humano.  

Lo que me llama la atención de los artistas como Torres es que comparten todavía códigos colectivos; en el caso del señor Torres es la memoria completa de toda una comunidad, que es la comunidad de Cajamarquilla - Huachipa, y esa memoria es la memoria de los últimos 30 años del Perú, de los cambios más importantes que ha habido en este país durante ese periodo.

¿Cuáles son algunos de estos cambios que registra el trabajo de Torres?
AV: Torres registra el nacimiento de un barrio, desde que es una invasión… El lapso temporal de esta muestra va del año 81 al 88 – no hemos podido revisar más porque el archivo es inmenso –, es decir el periodo desde que se inicia el barrio hasta la crisis de Alan García.
¿De qué modo se ven reflejadas las convulsiones políticas y sociales de esa década de violencia?

AV: En realidad este es otro mundo, absolutamente distinto al que generalmente se ha presentado desde los medios masivos e incluso desde la literatura, con todas esas fantasías con las que la clase media quiere representar lo popular. Lo que tenemos aquí es un mundo mucho más vital, mucho más alegre y lúdico.

Cuando tú ves la fotografía documentalista tradicional, como la de Walker Evans, por ejemplo, nunca vas a ver tanta alegría, tanto entusiasmo, porque los fotógrafos documentales no suelen estar de igual a igual con la gente que ellos retratan. Torres, en cambio, es un poblador más de Cajamarquilla, y los sujetos que fotografía son sus vecinos, sus amigos, gente con la que él logra una intimidad que el fotógrafo documental que va a la barriada no logra. Es esa cosa absolutamente horizontal que tiene la mirada del señor Torres que creo que es algo nuevo en la fotografía peruana, y debe ser un caso único o muy raro en la fotografía latinoamericana, que siempre ha retratado a la clase popular desde la clase media.

El referente más cercano a Torres sería el proyecto TAFOS – que eran talleres de fotógrafos populares – y Daniel Pajuelo, pero incluso ahí hay también una cierta distancia en la mirada: Pajuelo, por ejemplo, es consciente de que es un artista, es consciente de que él parte de Bresson, de Robert Frank, incluso de Mapplethorpe; pero en el caso del señor Torres, a él no le interesa seguir una tradición artística... Cuando él compone lo hace con un sentido de la armonía que podríamos llamar clásico, pero que es absolutamente intuitivo. Son composiciones extraordinarias, pero hay al mismo tiempo muchísimos elementos de improvisación que nacen de la misma gente, están en constante movimiento.

Otra diferencia importante con la propuesta de TAFOS o de Pajuelo es el uso del color. Un fotógrafo popular no se podía permitir en los años 80 el lujo de fotografiar en blanco y negro porque lo que pedía el cliente era el color, que era la novedad en ese momento. Muchos de los fotógrafos que han tratado de retratar el mundo popular en la tradición occidental, como Martin Parr o Marcos López – por dar un ejemplo europeo y uno latinoamericano –, empiezan tomando fotografías en blanco y negro, lo cual es una contradicción en mi opinión, y se pasan al color recién a fines de los 80. Torres trabaja con el color desde el inicio porque sabe que es lo que está más cerca del mundo popular, lo que puede representar la variedad cromática de este mundo, que acá en el Perú es bastante sorprendente.

Sin pretender nada, Torres nos está descubriendo, en toda su complejidad, un mundo que no ha sido registrado por ningún otro fotógrafo peruano antes de él, y sin la consciencia de clase que tenía TAFOS. Aunque te diré también que creo que el archivo Tafos hay que revisarlo mejor... Ha habido una mirada muy ONGera sobre esas fotos. Habría que revisar las cosas más íntimas, los registros más cotidianos que tiene, también.

¿Cómo se sitúa la obra de Torres en el contexto de la fotografía latinoamericana?
AV: En los últimos 20 años ha habido, desde los grandes centros que producen la historia de la fotografía en occidente, una revaloración de la fotografía vernacular. Se ha rescatado por ejemplo a fotógrafos africanos como Seydou Keita, por decir un nombre, pero en América Latina aún hay muy poco trabajo de investigación a ese nivel. Yo considero que la producción del señor Torres se ubica como una de las obras vernaculares más interesantes y más complejas en el escenario de la fotografía latinoamericana. Además hay que tomar en cuenta que casi todos los fotógrafos incluidos en la exposición Urbes Mutantes son profesionales; es más, me parece que el único fotógrafo vernacular que aparece ahí es el señor Torres… si Fabry lo escoge, entonces, es porque descubre algo nuevo en su trabajo.
¿Qué opinión tienes de la modestia absoluta con la que Torres se ha expresado hasta ahora respecto a su producción, a pesar del reconocimiento?
AV: El señor Torres es un trabajador; a él no le interesa demostrar cuan buen fotógrafo es, le interesa complacer a sus clientes y chambear todos los días. Pero cuando uno revisa el archivo y empieza a seleccionar, se da cuenta de que hay toda una estética, una voluntad, un registro histórico e importante. Eso es algo que uno solo lo puede ver en perspectiva. Cuando uno viene desde afuera y ve este archivo, ve que hay todo un conjunto de signos que están esperando ser interpretados. Yo creo que este archivo, en el fondo, es lo que los científicos sociales no pudieron ver en los últimos 30 años, es el registro más genuino de la vida popular.
¿A qué se refiere el título de la muestra, “El Pueblo es una nostalgia que algún día vencerá”?
AV: Ah, es una cosa bien benjaminiana… bien utópica, en el sentido de que en el rescate del pasado está la semilla que puede alumbrar el futuro. Cuando uno rastrea eso se da cuenta de que hay todo un proceso de lucha y de gloria, de pequeñas conquistas populares que se pueden visionar en este mundo que es aparentemente frágil, que está a punto de desmoronarse. Hay una nostalgia acá, pero es una nostalgia poderosa porque quienes han producido los cambios más importantes en el Perú en los últimos 30 años ha sido la gente de abajo. Lo que vemos aquí, finalmente, es la vida paralela al Estado: es una invasión, es gente que se ha creado sus trabajos, que se ha creado su hogar, que se ha creado su espacio para vivir sin ningún amparo y creándose sus propias leyes. Hay que ver que eso es una victoria, una victoria que hay que saber comprender.
Este material da como para varias muestras más... ¿Qué futuros proyectos tienen previstos para este archivo?

AV: Como te dije, esta es una pequeña parte del archivo del señor Torres que llega hasta el año 88. El archivo en analógico llega hasta el año 2009, así que puedes imaginarte que va a tomar varios años organizarlo bien e intentar entender toda esta narrativa de la vida popular de los últimos 30 años. Esto recién comienza, recién estamos empezando a ver bien esta producción, a darnos cuenta cuán importante va a ser para la memoria del país.

***

¿Cómo se inicia usted en la fotografía?
Nicolás Torres: Yo empiezo a hacer fotografía porque a veces no había trabajo y veía que había un fotógrafo que siempre venía con sus fotos y empezaba a contar la plata que ganaba, así que pensé: ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo? Hice lo posible, comencé a estudiar. Ahí es que empiezo a hacer fotos, para venderlas al público. Antes tomaba fotos pero personales, tenía una camarita antigua.
¿En qué año habrá sido esto?
NT: En el 76-77. En el 80 es que comienzo a trabajar tomando fotos para venderlas.
Son más de 30 años en los que usted ha estado documentando la vida de los pobladores de su comunidad. ¿En algún momento reparó en la magnitud de su trabajo?
NT: Bueno, le puedo decir honestamente que no. Yo solo iba tomando fotos y archivándolas porque tenía un amigo que era un fotógrafo conocido que me recomendó hacerlo. Iba archivando inclusive las fotos que no llegaba a vender; tenía un cajón que era el “cajón del olvido”, y agarraba y las tiraba ahí.
¿Cómo se siente de ver que su trabajo ha ingresado a las galerías y está empezando a recibir un reconocimiento tan importante?
NT: La verdad es que no pensaba que mi trabajo podía ser valorado... No tenía ni idea de que ese archivo podía ser como un tesoro, un tesoro de historia.
¿Ha cambiado con este reconocimiento la forma en que usted ve su producción?
NT: Bueno, no, sigo trabajando igual. La única diferencia es que ahora tomo fotos con una cámara digital y hago filmaciones a la vez.
¿Tiene algunas fotos preferidas dentro de su trabajo?
NT: Siempre me ha gustado más fotografiar a los niños. Los niños y las danzas.
¿Cómo llegó a conocer a Alfredo Villar?
NT: A Alfredo lo llego a conocer mediante mi hijo, que es artista; siempre lo ha estado apoyando a mi hijo. Él ha ganado varios concursos, ha ido a exponer a diferentes países, a Argentina, a Taiwán...
Veo que hay varios artistas en la familia...

NT: No... El único artista en la familia es él.


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Escrito por

Alonso Almenara

Escribo en La Mula.


Publicado en

Redacción mulera

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